Me metieron en el quirófano, y aunque mi miedo me hacía pensar que me iban a someter a la más extraña y prodigiosa de las operaciones del mundo, el personal sanitario estaba tan tranquilo, sin aparentar la menor extrañeza, sin ser conscientes de que estaban a punto de sacarme a mi hija de la barriga. Que iban a sacar un bebé, si, claro, lo sabían. ¡Pero se trataba de mi hija! ¡La única que tengo!.Les miraba en su cotidiana rutina como quien, aquejado del miedo a volar, mira a las azafatas pasear su carrito de comida tan tranquilas. Envidiaba su serenidad.
Y no me hacían ni caso. No me hicieron caso, como si no estuviéramos allí mi barriga y yo, durante unos minutos que se me hicieron eternos. Me esforzaba por no mirar los instrumentos que iban ordenando en una bandeja, para tener menos elementos con los que imaginar la cantidad de cosas que me iban a hacer.
Así que fijé mi vista en un punto neutro, la pared, mientras me iba intentando tranquilizar: "vamos a ver, tú lo que más quieres en el mundo en estos momentos es ver a tu niña, ¿no? bueno, pues el trámite para verla es que te rajen la barriga y te la saquen, y estás a pocos minutos de que esto ocurra. Llevas meses pensando en este momento, y sabes que va a ser uno de los momentos más extraordinarios de tu historia, así que hazte la fuerte y no des guerra, ni un gesto de flaqueza..."
Por fin, una enfermera jovencita y muy agradable vino a "prepararme". Me explicó que me iban a meter una inyección en la espina dorsal, y que no dolía nada. Que lo único que tenía que hacer era sentarme en el borde de la camilla, abrazarme a ella, inclinarme en posición fetal (todo lo que mi inmensa barriga permitiese) y estarme quieta como una estatua. Que me abrazase me pareció precioso, una jovencilla anónima sería mi apoyo mientras me sometían a "eso" que tanto me llevaba aterrando desde que supe que estaba embarazada. La aguja entre las vértebras. Dicen que una aguja grande. No la llegué a ver.
Vino la anestesista, que resultó ser de mi pueblo, y llevar mi mismo nombre. Me explicó lo que me iba a hacer. Me abracé a la enfermera, y noté cómo me pegaban unos papeles en la espalda. No sé para qué, y nunca fui consciente de que me los quitasen. Luego vino el primer pinchacito, soportable. Vino un segundo, soportable. Vino un tercero, y luego el definitivo, el chungo, el del peazo de aguja. Cierto es que no duele, pero impresiona mucho, la sensación de una aguja atravesando la piel, los músculos y lo que haya más allá es desagradable cuanto menos. Pero ya está. Los segundos más largos de la historia, y se hizo la paz.
Me tumbaron, me desabrocharon la bata y la colocaron como si fuese una cortina, de forma que no pudiese ver la carnicería a la que me iban a someter. Yo entré en un extraño estado de conciencia, como si aquello no fuera conmigo, como si estuviera viendo una peli, como si me hubiese fumado un petardo. Estaba exultante, feliz. Empecé a hablar, debía estar chistosa porque la gente se reía. La anestesista estaba detrás de mi, en la cabecera de la camilla, y me iba preguntando cosas, supongo que para comprobar la coherencia de mis respuestas. También me iba tranquilizando, todo va bien, todo va bien. A pesar de lo drogada que estaba, no paraba de hacer cábalas: ¿cómo será?
Y de repente, se me paró el corazón: oí un bebé llorar.
Y pensé que mi vida tenía sentido.
Luego escuché los comentarios: qué grande es, qué ojos tiene.
Y luego le vi. Le miré los ojos, azules. Me miró, ya no lloraba. ¡Ah, es ella! Era exactamente como tenía que ser, no había otra opción. Me pareció que ya la conocía, pero que me había olvidado de su cara.
Intenté tocarla pero me habían crucificado a la camilla, me habían atado los dos brazos y estaba llena de agujas, de vías, de goteros... La niña está bien, pesa 3,5 kg, se la llevamos a su padre.
Se la llevó la enfermera que me había abrazado.
Y me desmayé. Fin del partido. Todo estaba bien.
Mientras tanto, Iván esperaba sin camiseta. Estaba tranquilo. Sin pensar en nada. Hasta que oyó un bebé que lloraba y empezó a llorar él también. Se la pusieron, aún llena de sangre, en el pecho. Se miraban a los ojos. Me esperaban y se empezaban a conocer, a reconocer. Se rompió el dique, ya el amor por aquella criaturita era total, incondicional, para siempre. El piel a piel, qué envidia, tuvo él este placer.
Desde que me desperté hasta que me sacaron del quirófano tengo vagos recuerdos, como de una borrachera. Cuando por fin se me llevaron, en el pasillo me estaban esperando Iván y la niña. Él iba caminando por el pasillo, con ella en brazos, y le hablaba: "mira, aquí vienen tu madre, ahora se la llevan pero luego vendrá a estar con nosotros...". Yo lloraba.
Se me pasó el llanto y dejó paso a la férrea voluntad de estar en la sala de reanimación el mínimo tiempo posible. En cuanto muevas las piernas te vas a la habitación, me dijeron. Hice todos los esfuerzos del mundo por moverlas. Me inyectaban cosas, calmantes del dolor. Vino el dolor, se me instaló en el vientre. Joder, cómo duele.
Tuve la infinita suerte de estar allí en un cambio de turno. La enfermera saliente, experimentada, enseñó sobre mi dolorido útero a la enfermera entrante, novata, la exploración que hay que efectuar en estos casos. Me iban apretando la barriga, ora una, ora la otra, mientras comprobaban que expulsaba sangre y que el útero volvía a su posición correcta. La experimentada sentenció: en 5 minutos le puedes dar el alta. Felicidad. Ya estaba todo hecho. Ahora a soportar el dolor.
Tuve un entretenimiento maravilloso, que me hacía pensar poco en el dolor: los quejidos de una señora en la camilla de al lado. No se de qué le habían operado, pero no era una cesárea. Se quejaba, y pedía ayuda. Consiguió que me olvidase de mi dolor. Pensaba en la niña, en las dos imágenes que tenía (y tengo) grabadas a fuego en la mente: cuando me la enseñaron, cuando la vi con su padre.
Tenía pegadas en el pecho unas ventosas, que eran las que indicaban mi pulso, el funcionamiento de mi corazón. Una de ellas se soltó por casualidad, y la máquina empezó a pitar como una loca, de forma que la enfermera novata vino a ver qué me pasaba. ¿Me puedo ir ya? Cinco minutos más, y te vas. Pero si la otra enfermera ha dicho que en cinco minutos me podía ir... Ya, ya, no te preocupes, en 5 minutos te vas. Y vuelta a apretarme el vientre.
Pasaron muchos minutos. Nada, aquella se había olvidado de mi. De vez en cuando la llamaban. El dolor dio paso a la rabia, esto era una tortura, yo acababa de parir y lo que tenía que hacer era estar con mi niña, con una nueva vida, no con la abuela lloriqueando dolorida a mi lado. Así que me despegué una de las ventosas. La máquina volvió a tronar. Vino nuevamente la enfermera. Qué raro, cómo se te despegan las ventosas. Es por las ganas que tengo de irme, ¿no te das cuenta que lo que me estás haciendo es inhumano? ¡Yo quiero estar con mi niña, no aquí! Mira cómo muevo las piernas, mira. Volvió a apretarme la barriga, qué jodía. 5 minutos mas y te vas.
Me despegué ventosas muchas veces más. Cada vez que venía, le suplicaba que me mandase a la habitación. Nada. Intenté levantarme y largarme por mi propio pie, pero dolía demasiado.
Al final volvió la enfermera que había dado la clase práctica sobre mi vientre. ¿Aún estás tu aquí? me preguntó asombrada, y con un punto de cabreo en la voz. Mandó a otra enfermera, rubia, jovenzuela y con mucho brío, que se me llevara. Menos mal. Mientras me iba, maldiciendo a la novata asquerosa, oía cómo mi salvadora le echaba la bronca. En total estuve 4 horas separada de mi niña. Un infierno.
La enfermera rubia me llevó a un camillero, y le explicó: mira lo que le ha hecho a esta pobre chica, la ha tenido aquí 4 horas, una cesárea.... El camillero, la mar de majo, decidió acabar con mi tortura corriendi por los pasillos. Yo veía pasar las luces a toda velocidad. Lo último que me faltaría es un accidente.
Llegamos sanos y salvos a la habitación. Entre Iván y él me pasaron a la cama. Ese fue el momento que más me dolió. Pero luego Iván me acercó a la niña. Y pasamos nuestra primera noche juntos, los tres.

6 Comentarios:
OOhh! Tía! quasi ploro i tot d'emoció. Què bonic!
Un petó molt fort, ja tinc ganes de coneixer en persona a la petita Ivet!
PD.Ah, a la enfermera esa para darle un par de tortas bien dadas, qué asquerosa...
parir en el hospital es horrible, antinatural y insano.
A ver cuando vamos cambiando , el parto natural es lo mas bonito natural y sano del mundo , y por supuesto en casa , por experiencia propia y de miles de mujeres te lo digo
BUFFFF!!! M'HAS FET SALTAR LA LLAGRIMETA!!!!
Bueno, el parto podría haber sido más hemosos, pero la hermosura final parece que compensa.
enhorabuena!
Marieta, Mar, és que va ser una experiència brutal, la més brutal de la meva vida...
Anónimo, ¿de verdad que este relato te ha parecido horrible? A mi me parece que es precioso.
Susana, todo ha sido una pasada, excepto la enfermera-mala-persona. Pero ya aprenderá.
Ayyysss que plorera...
:)
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