jueves, junio 09, 2011

El sabroso oficio del dulce mirar

Intento darle un giro poético, y ver este parón como una oportunidad para aprender a saborear las cosas con calma y despacito. Y no deja de ser un ejercicio de disciplinar la voluntad.

Cuando aprobé las oposiciones me di cuenta que había una cosa en mi carácter que había cambiado tras esos 9 meses de estudio. Sólo fueron 9 meses, y es un periodo de tiempo ridículo comparado con la mayor parte de opositores. Pero en esos meses yo estudiaba 8 horas al día en los días laborables, independientemente de las horas trabajadas. Y entre 12 y 14 los festivos. Los laborables los trabajaba como interina en un instituto cerca de mi casa. Los festivos los consumía sentada en mi escritorio. Para poder llevar a cabo este estricto programa, contaba con la ayuda de mi súper-abuela, que hacía por mi todo lo que buenamente podía: cocinaba, lavaba ropa, compraba todo lo que le pedía, hasta la ropa, que si era necesario me cambiaba por otra talla. Yo no perdía ni un minuto, y mi única concesión diaria era una siesta de 20 minutos exactos. Dormía poco, comía rápido, y mi vida social se redujo a cero.

Un día me permití el lujo de salir a cenar con las amigas. En el restaurante donde nos sentamos tardaron en venir a tomar nota, tanto que me puse nerviosa y me largué a estudiar.

Y de repente un buen día, ya estaba aprobado todo. Era profesora. Tooooodo el tiempo del mundo de un verano de vacaciones. Y me di cuenta de que no era capaz de disfrutar de mi recompensa. Cualquier pérdida de tiempo me sacaba de quicio. Y por pérdida de tiempo se entiende cualquier cosa que, a mi en aquellos momentos, me lo pareciera. Una conversación banal, de esas que son tan necesarias para la correcta convivencia, me desesperaba. Si intentaba explicar algo a alguien y no me entendía a la primera, me salían espumarrajos por la boca (gran virtud del docente). Un atasco me podía generar un infarto.

Tan extremado fue el tema que tenía a mi familia encantada de la vida: en cuanto la conversación no me aportaba nada y entraba en la etiqueta de pérdida de tiempo, me levantaba y me iba a hacer algo realmente productivo. Lo que fuera. Y dejaba a mi interlocutor con la palabra en la boca, sin mediar explicación.

Con los años he ido superando esa especie de trauma mental, aunque creo que nunca estaré del todo curada. Nunca he tenido tele, desde que me fui de la casa de mis padres. Esa me parece la muestra mayor de la pérdida de tiempo. Si pienso en mi padre, lo veo empotrado en su sofá, con las piernas en alto, cambiando de canal cada pocos minutos, sin ver nada concreto pero sin apagar el dichoso aparato para irse a respirar aire. Y esa visión me da pánico.

Pues bien, ahora me ha llegado el momento de parar. Es lo que hay. El embarazo me va a hacer la persona más tolerante del mundo. Yo despreciaba, en mi más secreto interior, a las mujeres que, preñadas, decían padecer una serie de males que me sonaban a topicazo. Y las tachaba de blanduchas. A mi eso nunca me pasaría, yo, tan deportista, tan fuerte, tan sufrida.

Doble dosis de ostión en toda la boca. La del estómago, a poder ser.

No contenta con la agonía de los tres primeros meses, ahora acumulo dolencias a pares: dolor de espalda, ardores de estómago, diabetes gestacional...

Me toca parar. Ya no me veo con ánimos de ir al trabajo, y mi estupendo trabajo me lo está poniendo fácil. Me duele tanto la espalda que no me puedo girar en la cama sin la ayuda del Lola-lover. Una osteópata y una fisio hacen lo que pueden, pero está visto que este vaticinio bíblico de parir con dolor empieza muchos meses antes del día del parto.

7 Comentarios:

calaburra dijo...

Doble dosis de ostión en toda la boca...
va,ànims noia.
...y después el parto, i la depresión post-parto y las primeras fiebres y visitas al pediatra, el cole, la pubertad, la adolescencia...
Es un nen o una nena?

Lola Steiner dijo...

És una nena i sortirà bailaora de flamenco, ja et dic. Ara mateix està assatjant un zapateao sobre la meva bufeta que és una cosa meravellosa. ¡que arte que tiene!

santi dijo...

Pues con todo ese arte se va a tener que llamar Lola, digo yo. Un nombre con poderío, sí señor!
Anímate, que mañana és el último día que tienes a la panda de "estupendos" churumbeles que te tocaron en suerte.

Chinita dijo...

Tendrás una gran recompensa, no lo dudes! ( y además , se parecerá a tí!)

Juan dijo...

¡Cömo te entiendo! la primera parte, claro está. Yo me pasé casi 5 años metido en una habitación, con un descanso semanal de medio día y chapando a muerte, aunque al final conseguí mi objetivo. Me desesperaba hasta que la gente se tardase más de media hora en comer y me identifico en eso de las conversaciones banales. Creo que hay cosas de esa época que siempre estarán conmigo. Ánimo con el embarazo, por eso sí que no tendré que pasar.

Furacán dijo...

Si es que las opos son muy malas para la salud :-D y eso que tú conseguiste tu objetivo, yo sólo perdí 4 años de mi vida para nada.
Ánimo, seguro que la nena te va dar muchas alegrías.

eme dijo...

Uff, yo también me he desesperado en restaurantes en épocas de estrés, hace un par de viernes, sin ir más lejos, es lo que tiene no querer dejar la época universitaria y empezar otra carrera mientras trabajas, que las épocas de exámenes no paro.
En fin, suerte con lo que te queda de embarazo y mucha suerte con el parto.
Un beso